sábado, 4 de agosto de 2012

Reflexiones de un ingeniero


¿Qué sucede cuando aplicas leyes matemáticas a la espiritualidad?


Un rato de aplicar números a secuencias genéticas y un rato de lectura espiritual desencadenaron una idea en mi mente que buena o mala, válida o no, me pareció interesante. Mi lectura habla del Dios que durante mucho tiempo se ha inculcado, el Dios que castiga y de su horrible promesa del fuego eterno con dolor inimaginable si no cumples una serie de ritos, actitudes o leyes que bien los puedes hacer por miedo o simplemente vacío. Dice José María Mardones en “Matar a nuestros Dioses”:

El culmen, si tal hay, lo alcanzamos con la imaginería infernal y del <infierno temporal> llamado purgatorio. Aquí, detrás de angosturas y llamas, líquidos fecales y otras lindezas, se escurre un Dios sádico. El Dios capaz de tales condenas eternas por pecados de seres finitos, por un mal pensamiento que hieren a un Ser divino, es un monstruo. La intención retórica era, sin duda, la de acentuar la seriedad del pecado. El resultado es infernal para el mismo Dios: muestra una faz invertida, demoníaca en su tremendismo. La existencia de este Dios, si lo hubiera, sería lo peor que le podría haber ocurrido al ser humano y a la realidad. Lo más suavemente deseable por una mente sensata es que tal Dios no existiera.

El autor me hizo recordar algunos comentarios que mis padres me hacían cuando era un niño, probablemente con la finalidad de crearme una conciencia, al decirme cosas como “recuerda que Dios está viendo todo el tiempo lo que haces”, o cuando en mis clases de catecismo me explicaron lo que era el infierno y que si no me portaba bien seguramente iría a ése lugar al morir.
El autor antes parafraseado, explica como no pudo encontrar en Jesús un solo momento de su vida que referenciara a este Dios ni mucho menos actitudes similares y francamente yo tampoco, sino todo lo contrario. La propuesta de Jesús es totalmente distinta, que claro que se mostró duro e inflexible ante el pecado, sin embargo, nunca amenazó con dolores inimaginables, ni siquiera a sus verdugos sino que siempre se mostró compasivo ante el ser humano y amando hasta el extremo. Esto desató un bombardeo de ideas en mi mente sobre el purgatorio, los pecados, el control de las masas, la misericordia, el amor perfecto y un montón de cosas más. Así que busqué una manera de justificar la inexistencia de éste Dios-juez-inflexible, y por supuesto, surgió una idea matemática en mi mente, que espero poder explicar de la mejor manera:
Imaginemos que un hombre comete un delito y tiene que cumplir 1 año de cárcel y por alguna u otra razón le dan oportunidad de ir pagando a plazos su condena. El delincuente tiene que elegir a cuántos años quiere pagar su condena, es decir, puede pagar con 2 años de cárcel 12 horas diarias,  24 años con 1 hora diaria o cualquier otra intersección que se les ocurra. Esto nos arroja una fórmula de la siguiente manera:
         
En donde th representa el tiempo en horas diarias y ta representa el tiempo en años. ¿Qué sucede si ta tiende al infinito? ¿Qué sucede si el hombre tuviera un tiempo infinito para pagar sus faltas?
Hagamos una tabla:
Años
Horas diarias
1
24
2
12
3
8
5
4.8
10
2.4
100
0.24
1000
0.024
10000
0.0024
100000
0.00024
1000000
0.000024
10000000
0.0000024

Nos damos cuenta que cuando los años aumentan, las horas diarias disminuyen de manera exponencial, veamos una gráfica lineal:



Nos damos cuenta que cuando los años tienden al infinito, las horas diarias de condena tienden a cero.  Es decir:

Según la RAE el tiempo es la “magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro”, dicho de otra manera, es una dimensión que mide el espacio entre dos sucesos. Es una creencia popular (y en casi todas las religiones) que al momento de morir salimos de esta dimensión que conocemos y nos vamos a otro mundo sin cuerpo, sin medidas, sin tiempo, salimos al infinito, en donde viviremos según nuestros méritos hechos o no en nuestra vida terrenal. Todos cometemos errores, ya sea por distracción, ignorancia o por voluntad, hacemos cosas en contra de la moral, de nuestra religión y para acabar pronto, de nuestras propias convicciones. Equivocarse de alguna u otra manera, desde uno u otro punto de vista, es una tendencia natural del ser humano.

Por lo tanto, si a la hora de morir “pagamos” nuestros errores en un “lugar” sin tiempo o mejor dicho a un tiempo infinito, eso convierte nuestro tiempo de condena a cero por lo antes mencionado.

A esto yo le llamo, Misericordia divina.

Es sólo una idea.

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